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22 de julio de 2026 · 9 min read

Sed

El vaso se encontraba en la mesita de noche, igual que el día anterior. El agua parecía querer absorber la escasa luz que entraba desde el pasillo. El vidrio estaba frío. Al tomarlo entre las manos Samuel sintió la emoción propia de lo indebido. Sabía que hacía algo que no estaba bien, pero no se detuvo. La verdad, no lograba entender porqué lo hacía.

El agua supo incluso más dulce y más fría. Contempló el cristal buscando el rastro que había mencionado su mamá la noche anterior. No lo encontró. Se humedeció los labios y está vez dejó marca. No supo nunca por qué, pero para él era importante que, más tarde, al reunirse la familia a rezar, su tía volviera a mostrar el vaso vacío a todos y su mamá pudiera ver de nuevo el beso de la abuela.

Pensó en ella, su abuela, siempre con su chal verde y monedas escondidas. Finalmente, se sintió sucio por lo que acababa de hacer. Samuel tuvo la imperativa necesidad de salir de esa habitación. El vaso, antes sediento de luz, le parecía ahora un agujero negro. Se prometió no volver a hacerlo al día siguiente, ni ninguno de los cinco días restantes.

Cuando alcanzó la claridad del pasillo, la vio. Su mamá lo esperaba. Su cara siempre afable se tornaba ahora fría. Él, inmovil; los zapatos del uniforme de repente pesaban toneladas. Estaba preparado para un grito, una cachetada y seguramente la promesa de un castigo. Penitencia merecida por lo que acaba de hacer. Sin embargo, no pasó nada y la nada le cortó el aliento. Su madre se había ido.

Ella no volvió sino hasta la noche. La sala no lograba encontrar su calidez usual entre los rostros compungidos y las fotos de la abuela puestas en el comedor. La familia estaba reunida, rosario en mano y su mamá en el lado opuesto de la sala. Su tía bajó las escaleras llorando y con el vaso vacío, Samuel se dio cuenta que su mamá, que se negaba a regalarle el perdón, buscaba la marca en el cristal.

La familia estaba exaltada con el milagro, pensando que ya era la segunda noche que la abuela volvía a tomar agua. Los rezos fueron más intensos que la vez anterior, suplicaban por el alma pero también por la sed, para que fueran suficientes los siete vasos y las siete noches.

La siguiente noche la sala no solo estaba llena de parientes, habían llegado vecinos ansiosos de ver el milagro. Su tía bajó con el vaso vacío, en medio de llanto y audibles rezos. Samuel pareció perder consistencia de repente, se supo hecho de plastilina. Él, fiel a su promesa, ni siquiera se había acercado a la habitación de su abuela. Sintió náuseas al pensar en ella regresando a tomar el agua. ¿Y si fuera verdad el milagro y su abuela estuviera volviendo a saciar la sed?

El tiempo pareció ser más pesado. El vaso, que ocupaba ahora el puesto central encima del comedor, parecía vibrar al ritmo de los rezos. Era un imán transparente y la única persona inmune a su atracción era su mamá, que discretamente recogía las fotos de la abuela que en algún momento se habían caído.

El cuarto día llegó, era domingo. Luego de la misa, su tía habló con el cura y lo invitó a ver el milagro esa noche. Su mamá rezaba frente al sagrario. Samuel se acercó, pidió perdón a ella y a Dios. De forma apresurada explicó que no había sido él quién había tomado el agua de la abuela, al menos no la última noche. Por más que juró su mamá guardó silencio y Dios también.

Esa noche quiso hablar con el sacerdote, pensó que si confesaba su pecado, tal vez su mamá lo perdonaría. Si contaba cómo desde hace dos noches al cerrar los ojos nadaba sin saber nadar. Cómo se ahogaba al descubrir que estaba rodeado por una pared curva y de cristal. Se lo tragaba un líquido viscoso que alguna vez había sido agua, se hundía hasta que despertaba con el beso de unos labios invisibles. Si contaba con detalle, que lo asustaba más el silencio de su mamá que el frío de la habitación de la abuela, tal vez alguien lo perdonaría, y tal vez, al morir Samuel, alguien dejaría un vaso de agua en su mesita por siete noches.

Samuel no contó nada, ni su pecado, ni su sueño de redención. Al ver bajar a su tía con el vaso vacío, una vez más, se sintió con cuerpo de plastilina. La sala abarrotada pareció acompañar la respiración conjunta de los testigos del milagro. Un lugar antes conocido, era ahora una masa crepitante y hambrienta de milagros. Un monstruo colorido que entre sus fauces dejaba ver el vaso en el comedor, rodeado de santos y alcancías.

Hasta muy tarde, la gente hizo fila para ver el vaso vacío. Nadie podía tocarlo, sin embargo, Samuel escuchaba como algunos describían una sensación extraña de frío. El cura hablaba con todos, prometía elevar oraciones en nombre de los difuntos de los presentes. Samuel vio como los asistentes antes de irse consolaban a su tía, que lloraba profusamente. Unos pocos consolaban a su mamá, que estaba alejada. Nadie miraba las fotos de la abuela.

En la madrugada, Samuel llegó a la cama de su mamá y en sus brazos pudo llorar por fín. Lloró lo suficiente para llenar dos vasos y ella lloró otros dos. Samuel durmió sin sueños. Al llegar al colegio más tarde, aún recordaba exactamente cómo sonaba la voz de su mamá. Cuán dulce y cuán clara.

Esa noche la sala ya no era suficiente para albergar a todos los asistentes. Tuvieron que abrir la puerta de la casa y sentar afuera a casi la mitad. Samuel, junto a su mamá, escuchaba los rezos entrelazados como un panal de abejas. El zumbido se alborotó, el cuerpo de su madre antes acogedor, de repente se transformó en algo rígido y sin calor. Samuel solo acertó en negar con la cabeza mirando a su mamá, suplicante; pero ella con ojos vidriosos miraba el vaso vacío, que su tía bajaba una vez más.

Las súplicas de Samuel se perdieron entre el zumbido de la abejas y las lagrimas de su tía. La exultación general era total, las personas de afuera empujaban para ver más de cerca. El sacerdote dirigía la oración mientras recibía el vaso y lo ponía ceremoniosamente entre las alcancías.

Alrededor del comedor se instalaron luces, eran luces de navidad, pero según su tía le daban solemnidad y además aseguraba que eran las favoritas de la abuela. Las sombras generadas daban por momentos un aura oscura a los asistentes. Samuel sin decirle a nadie subió a su habitación. Tomó la decisión de hacer algo. Al día siguiente llenaría con agua el vaso.

Para la sexta noche, los asistentes eran demasiados, así que el comedor se movió a la calle. Cada asistente trajo su propia silla e intentaba ubicarse lo más cerca posible a la mesa. El padre convocó a los ayudantes de su comunidad para que recogieran donaciones que serían destinadas para la construcción de una capilla en honor al milagro.

Samuel, ya se encontraba en la habitación de la abuela. La madera del piso respiraba quedamente en respuesta a sus pisadas, cada vez más quedas pero más urgentes, como si el cuarto compartiera la exaltación del momento. En la oscuridad, cortada únicamente por un haz de luz, se encontraba el vaso; ya opaco por todas las huellas de dedos.

Al acercarse, Samuel se percató que el vaso estaba lleno de agua. Lo tomó entre sus manos y lo sintió tibio. Estaba buscando la marca de los labios entre tantas huellas cuando escuchó los pasos. Las tablas ahora parecían contener la respiración. Samuel, no estaba preparado para responder a su abuela por dejarla sin agua por dos días.

Alguien cruzó la puerta bloqueando la luz y soltó una exclamación. Samuel dejó caer el vaso. El cristal se rompió y fue a parar sobre las fotos de la abuela que se encontraban encima de la cama. Su tía, desde la puerta, soltó un grito de angustia.

Ella empujó a Samuel y lo hizo caer. Agarró la base del vaso que aún tenía un poco de agua, se lo acercó a la boca. Se tomó el agua y dijo - Tenía mucha sed su abuela mijo - y con mirada animal escupió- Abajo nos esperan-.

El murmullo a este punto era ensordecedor. Samuel caminaba tras su tía ignorando la herida que se había hecho en la mano. Al llegar al pasillo ya los esperaban el sacerdote y su mamá. Ambos hacían preguntas que eran aplacadas por el frenesí de afuera. Entonces Samuel vio un camino rojo y punteado desde la habitación de la abuela.

Su tía tenía un corte profundo en la boca. La sangre ya bajaba por la barbilla. Sostenía la base del vaso en cuyo filo se dibujaban unos labios rojos. Ella ofreció el vaso roto al cura que estaba completamente quieto. Afuera los asistentes ansiosos de milagro empezaban a impacientarse y algunos incluso golpeaban la puerta. Su mamá lo abrazó. Le dijo muchas cosas que Samuel no pudo entender.

Estuvieron largo rato allí junto a las escaleras, su mamá limpió la pequeña cortada que tenía Samuel y bajaron juntos. Tanto su tía como el cura se habían ido, pero Samuel, que estaba en los brazos de su mamá, no supo cuándo. Al llegar a la calle los rezos hacían imposible escuchar ninguna otra cosa. Samuel creyó oír al párroco agradecer las donaciones y anunciar que la capilla tendría el nombre de su tía, tal cual hubiera querido la abuela.

En el comedor en medio de la calle, entre santos y alcancías se encontraba un vaso. Sin embargo no era el vaso roto; era un vaso distinto. El cristal de este nuevo milagro era incluso de un color diferente, pero en medio de las oraciones, los llantos y las luces de navidad, nadie parecía notarlo.

Esa noche llovió, Aunque muchos se fueron a buscar refugio otros se quedaron a presentar respetos al milagro. Samuel, desde el interior de la casa, vio cómo consolaban a su tía y le recomendaban remedios para la cortada. Uno a uno pasaron a orar frente al vaso, que poco a poco se fue llenando de agua de lluvia.